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13 de octubre de 2014

RECREACIÓN DE PINOCHO


POR QUÉ LEER A LOS CLÁSICOS- 2014.

PINOCHO

La actividad de Por qué leer a los clásicos - 2014 tuvo como escritora invitada a Mónica Carretero, una de las más destacadas ilustradoras actuales de libros infantiles y juveniles. Eligió el tema de "Pinocho" para la conferencia. Los destinatarios fueron los alumnos de 1º de ESO y en el concurso celebrado para cerrar la actividad se destacaron los trabajos presentados por Jimena Pastor Marazuela, Sara GArcía Matesanz y Laura Príncipe que se presentan a continuación, ilustrados con dibujos de Mónica..



Jimena Pastor Marazuela

RECREACIÓN DE PINOCHO

Cuando Pinocho fue a plantar las monedas, Gepeto creyó verle pasar por el bosque, entonces le intentó seguir, y se adentró en el bosque. Empezaba a hacer frío, y Gepetto no tenía abrigo porque lo había vendido para comprar los libros a Pinocho. Empezaba a ser de noche y se intentó refugiar, pero no había ninguna cueva ni nada donde resguardarse así que se cubrió con algo de musgo y unas hojas, así se protegía del frío, y consiguió dormirse en el suelo con el musgo y las hojas como si fuese una manta.
Al día siguiente se despertó, pero se sentía algo raro, algo le sucedía, resulta que sus piernas se habían convertido en raíces como las de un árbol, y ya no se podía desplazar.
A lo largo del día fue convirtiéndose en un árbol, aunque, cuando llegó la noche no era todavía un árbol, y todavía podía hablar, él no perdió la esperanza y seguía llamando a Pinocho, pero nadie contestaba en aquel frondoso bosque, en el que no parecía que hubiese ningún niño ni ninguna persona. Cuando volvió a amanecer Gepeto ya era completamente un árbol, con las vetas que marcaban y dibujaban su cara.
El árbol no destacaba sobre los demás, no era muy alto como los pinos de aquel bosque, pero tampoco era muy pequeño como los arbustos, pero sin embargo se le notaba algo especial, parecía que ya era viejo y que tenía arrugas, pero se le notaba diferente, parecía que tenía algo diferente, algo que no tenían los demás, aquello que parecía que tenía  ese árbol era alma.
Un día Pinocho cruzó el bosque, y Gepeto (o el árbol que parecía Gepeto) empezó a llamarle: “¡Pinocho, Pinocho! ¡Hijo mío!”
Pero Pinocho se asustó ¿Quién le llamaba? Pero lo volvió a oír: “¡Pinocho, Pinocho! ¡Hijo mío! ¿No me reconoces? Soy tu padre, Gepeto.”
Pinocho miró a sus lados, pero no vio a nadie. Entonces se fijó en uno de los árboles en especial, que tenía algo diferente. Parecía su padre; entonces dijo: “¿Eres tú, padre?” Y el árbol respondió: “Sí, hijo, soy yo tu padre Gepeto”.
Pinocho al principio no se lo creía, pero le dijo: “¿qué te ha pasado?” Y Pinocho empezó a abrazar a aquel árbol, no se creía que su padre fuese un árbol, no lo entendía, y que a demás hablase, Pinocho pensaba que lo estaba soñando.
Pasó una noche, y otra, y otra más, y otra, hasta que al final Pinocho de quedarse allí se convirtió en un árbol, y al igual que su padre parecían que las vetas dibujaban su cara, la cara de un niño, este árbol también se le veía que tenía algo diferente pero esta vez sin arrugas, parecía que le salía una rama como una nariz.

Pero a los dos árboles se les veían felices. Y todos los días el que era más grande, con más arrugas y parecía mayor, le contaba historias al que era más pequeño, estas historias se escuchaban en todo el bosque, pero los que pasaban no sabían quién las contaban, también dicen que los árboles parecían que se acercaban para escucharlas, las historias eran de un niño al que querían engañar, una zorra y un gato; el niño era muy travieso y no hacía caso a su padre, y el niño se encontraba con un hada y le ocurren varias cosa y al final el niño se va volviendo bueno y va a la escuela, y saca buenas notas, pero un día desobedece a su padre y se va con otro niño a un lugar que decían que era fantástico, que los niños se lo pasaban muy bien... y se acaba convirtiendo en un burro por desobedecer al igual que los otros niños, pero acaba volviendo a casa…




Sara García Matesanz
SÁLVAME, SUPERMÁN

Querido Mecha:
Soy yo, tu amigo Pinocho. Estoy en la cárcel y necesito mucho dinero para salir de aquí…      Primero te contaré por qué necesito el dinero.
Cuando el hada me convirtió en niño, yo era muy feliz, jugaba con otros niños y todo eso. Pero un día, cuando ya se había inventado la televisión, me enganché a una telenovela un poco violenta y, claro, pues me empecé a juntar con mala gente y a robar cosas. Otro día que inventaron unas motos muy buenas me quería comprar una para ir con mis amigotes macarras por las calles atemorizando a la gente, ya teníamos hasta unas chupas de cuero con nuestros nombres y todo. Bueno, el caso es que le quité todo el dinero que nos dio el hada a mi padre y a mí y lo necesito para devolvérselo y pagar la fianza.
La historia de cómo acabé en la cárcel puede que no te la creas y me tomes por loco, pero te aviso de que es verdad, una verdad muy verdadera.
Un día que estaba con mi moto por el bosque encontré una casa. Allí vi a una señora muy vieja con una cesta de manzanas que estaba hablando con una jovenzuela rodeada de pajarillos azules. A mí no se me ocurrió otra cosa que atropellar a la vieja para quedarme con la cesta de manzanas. Cuando la atropellé me dijo que me iba a denunciar, pero yo salí corriendo. Cogí una manzana roja, pero tenía un gusano, así que se la tiré a un enanito que pasaba por ahí y que, por desgracia, se le quedó en la garganta y parecía que se estaba ahogando… Pero no, solo se quedó mudo, y yo salé de allí echando chispas.
Por desgracia, me caí en un agujero muy hondo y acabé en un lugar donde había una joven hablando con una oruga que fumadora. Yo, que soy tan bueno, tiré otra de mis manzanas a la pipa, que se cayó al suelo. Se enfadó tanto que me estuvo persiguiendo dos horas y media por lo menos, y yo, que ya no podía más, me metí en un lago que parecía un océano. Allí me encontré a una sirena y su pandilla de pelos extravagantes. Me hice pasar por un vendedor de peinetas para bailar flamenco y, claro, vinieron todas como pajarillos a las migajas de pan. Rapté a un pelirroja muy “salá” que bailaba muy bien, la llevé a un concurso de bailaores flamencos y, cómo no, ganó “el premio”, por así decirlo: era que le cortaran el pelo a la que perdiera. Pues claro, otra que se quedó con mi cara.
Me fui y mi moto la perdí porque la dejé donde Alicia en el país de las orugas fumadoras, o algo así. De repente, vi una puerta en medio del mar, yo creía que si entraba me iba a encontrar a Doraemon, porque solo él puede sacar puertas del bolsillo y que te lleven a otro lugar.
La puerta daba a una casa en Inglaterra. Había llegado allí seco y con unas horteradas de ropas que por eso supe que serían años de nuestros tatarabuelos, porque ellos también vestían con unas ropas… ¡Las mujeres, bajo los vestidos, tenían pololos y los niños dormían con camisones! De repente, vi un cuarto con dos niños y una niña de pie en la ventana, hablando solos. Me asomé mejor y había un duende. Me acerqué para empujarlos, pero saltaron ellos antes y me dije “voy a asomarme a ver qué tal han caído”. Pero no estaban en el suelo, estaban volando, así que me lancé y me agarré a la pierna de la chica. No me lo podía creer, ¡debajo del camisón también tenía pololos! Después de estar un rato colgando, como me aburría, salté y me agarré a las piernas del duende, que creo que se llamaba Peter Pan, porque así es como le llamaban los niños pijos de los pololos. Al tal Peter Pan le quité el sombrero y me solté de su pierna.
Flotando sobre el mar había otra puerta de Doraemos, por donde entré. Había un león pequeño cantando, con un jabalí y un suricato una canción: “Hakuna Matata, vive y sé feliz, lalalalalá”. El caso es que al jabalí le pillé desprevenido y le tiré de la cola. Me fui corriendo y me encontré con una tribu de negros. Eran un pelín raritos para vivir en la selva, porque tenían móviles, ordenadores y televisiones. El caso es que también tenían farolas y carteles. Me fijé en uno en concreto donde ponía:
Se busca a un niño de nariz larga (dudamos que se la haya cortado).
Recompensa: un plato de macarrones con tomate y el que lave su plato le damos una propina de 0´50 €.
PD: El niño se llama Pinocho.
Y, claro, quién se va a resistir a un buen plato de macarrones. Cuando me vieron, me llevaron a la policía y allí no adivinas quién estaba. Bueno, ya te lo digo yo. Estaban: la bruja y el enanito, la Sirenita con una peluca, la oruga, Peter Pan y el jabalí… Por suerte solo estaré en la cárcel hasta que no les devuelva todas las cosas y Peter Pan necesita su gorro para hacer una película, pero es que es tan cómodo… y te abriga la cabeza… Así que nunca se lo daré, huajajajá (risa malévola).
***
P.D.: Oh, no, me lo están quitando de las manos. Si estás ahí, ¡sálvame, Supermán!





LAURA PRÍNCIPE.
NUEVAS AVENTURAS DE PINOCHO


     Estaban Pinocho y Gepetto montados sobre Atún cuando, a lo lejos, el pequeño muñeco de madera divisó la orilla de la pequeña playa. Con mucho ánimo le dijo a su anciano padre:
-¡Lo ve padre! ¡Es la playa! ¡La playa!.
-¡Sí hijo mío!- le dijo Gepetto con ternura, aunque le escaseaban las fuerzas.
Unos minutos más tarde, cuando apenas quedaban unos metros para la playa, una inesperada ola interrumpió la tranquila marea y arrastró a Pinocho y a Gepetto hacia la playa.
Pinocho quedó medio enterrado en la arena pero se incorporó brevemente para buscar a su querido padre. Tras buscar y buscar lo encontró tendido en el agua. Pinocho, horrorizado, corrió en su ayuda:
-¡Oh padre mío! ¡Despierte! ¡Despierte!- sollozaba Pinocho.
Gepetto, levemente, abrió los ojos:
- ¡Oh mi querido Pinocho!-dijo con lágrimas en los ojos-. No creo que dure vivo hasta mañana.
-¡No padre, no permitiré que muera!- contestó Pinocho-. Yo he sido un muñeco muy malo. ¡Con lo bien que se ha portado conmigo, que vendió su casaca quedándose en mangas de camisa para comprarme un abecedario!
Pinocho vio una casa al final del camino y fue hacia ella corriendo. Allí vivía solo un anciano señor y Pinocho se dirigió hacia él:
-Disculpe, amable señor, ¿podría prestarle ayuda a este pobre muñeco y a su padre, que está a poco de morirse? Tan sólo pido un lugar donde pueda pasar la noche.
El anciano, le dijo, que podían llevarle al establo. Una vez Gepetto en el establo, el anciano ofreció a Pinocho y a Gepetto algo de comer, y Pinocho se lo entregó a su padre diciendo:
-Padre, tome, esto le sentará bien.
Pero Gepetto no podía comer nada. Cuanto más pasaba el tiempo, más débil estaba y el anciano de la casa se retiró a su habitación porque la noche ya estaba entrada. Se despidió de ellos y les dejó un pequeño candelabro para que tuvieran luz.
Pinocho estaba muy cansado, y al final se quedó dormido. Tuvo una pesadilla. A media noche despertó de un sobresalto y fue a ver a su padre. Tenía una fiebre muy alta y con el último aliento de voz le dijo:
- Pinochito mío, mañana tendrás que irte, a buscarte un hogar, a ir a la escuela, encontrar a una familia que te quiera…-dijo muy apenado.
-Y usted vendrá también, ¿verdad?-preguntó Pinocho confuso.
Gepetto le hizo un gesto y Pinocho comprendió al instante:
-¡No, padre, no puede morirse! -decía Pinocho sin parar de llorar.
-Adiós Pinocho, no me olvides- contestó Gepetto con un hilo de voz.
Entonces el carpintero Gepetto que un buen día compró un pedazo de madera a su amigo Maese Cereza, con el que fabricó un muñeco de madera, que hoy se ha convertido en su querido hijo murió, en un humilde establo al lado del mar. Pinocho no tenía palabras, estaba roto de dolor, como si le hubieran clavado un puñal en el pecho:
-¡Oh padre mío! ¡Por qué ha tenido que morir! ¡No podía haber muerto yo en su lugar! ¡Oh, Hadita mía! ¡Dónde estás! ¡Si estuvieras aquí! ¡Si estuvieras mi padre no hubiera… ¡No hubiera…
Pinocho ni se atrevía a decir que su padre había fallecido. Pero sucedió algo inesperado. Una luz entró en el establo. Una chispa flotaba por el aire y se acercó revoloteando la nariz de Pinocho. Al instante una luz cegadora brotó de la chispa y se formó una silueta de mujer:
-¡Oh Hadita mía! ¿Eres tú? Si eres tú ayúdame por favor. Revive a mi padre por piedad. Lo he pasado muy mal. Lo encontré en el interior del Tiburón y luego salimos por su boca y nadamos y nadamos, hasta que nos encontró Atún, un pez amigo mío. Todo iba bien hasta que vino una ola gigante y nos arrastró hasta la playa. Él (mi padre) me dijo que no duraría vivo hasta mañana y un anciano me ayudó a llevarlo al establo, y el amable anciano nos dejó dormir allí. A medianoche le subió mucho la fiebre, y se despidió de mí con su último aliento en vida. Si él no vuelve conmigo yo también moriré de pena…
-Has sido un muñeco muy malo. ¿Dónde se supone que fuiste el día de tu fiesta? Me dejaste sola y he estado muy preocupada por ti. Anda a ver, cuéntame lo que pasó -le dijo el Hada.
Pinocho dijo unas cuantas palabras, pero balbuceando y a una velocidad increíble, y el Hada no entendió nada. Ella lo tranquilizó y le dijo que le hablara más despacio. Le contó que se había ido al País de los Juguetes, un país donde no había escuela y se podía estar todo el día jugando junto a su amigo Mecha, que le convenció a pesar de que se había negado varias veces. Todo iba bien hasta que una mañana se encontró con que le habían salido unas orejas de burro, seguido después de convertirse en un burro entero. Le compraron en un circo donde tenía que hacer acrobacias, pero se rompió una pata. Le revendieron de nuevo. Lo compró un hombre que quería hacer un tambor con su piel. Pero le echaron al agua y los peces le comieron la carne de burro, convirtiéndose así en un muñeco nuevamente. Se escapó al mar y le tragó el Tiburón. Ésa era toda la historia.
Pinocho estaba  muy arrepentido llorando al lado de su pobre padre. El milagro siguió después. El Hada tomó su varita y roció con ella la frente de Gepetto y también, aunque éste no se dio cuenta, la nariz de Pinocho. Al momento, Pinocho creyó haber muerto, porque no podía dar crédito a lo que veía. Su padre abrió los ojos muy lentamente y Pinocho abrió la boca de par en par, hasta que Gepetto dijo:
-¡Eh, Pinocho! ¿No vas a abrazar a tu padre?-dijo alegremente.
Pinocho fue corriendo a abrazarlo, besarlo, decirle que le quería mucho, pero, Pinocho se sentía raro. Era una sensación muy extraña. Se palpó la nariz y… ¡Oh! No tenía su enorme nariz de madera. ¿Y que tenía entonces? ¡Una nariz como la de todos los niños! ¿Y las manos y pies? ¡Piernas y brazos de carne y hueso!  Su alegría no podía ser mayor… ¡Se había convertido en un niño de verdad!
Sólo podía ser obra del Hada. Corrió a abrazarla, a agradecerla todo lo que había hecho por él y el Hada respondió:
-Pinocho, te has comportado incorrectamente, y tú lo sabes, pero el amor que sientes hacia tu padre es infinito y mereces perdón. Así convertido en un niño irás a la escuela, tendrás lujosos trajes y vivirás en mi casita del bosque junto a mí y tu padre. ¿Qué te parece?-”
-¡Oh Hadita, me parece maravilloso! -contestó Pinocho entusiasmado.
Y así fue, tras darle una moneda de oro al anciano de la casita por todas sus ayudas, se fueron a vivir a la casita del bosque. Siempre felices, Pinocho iba a la escuela y Gepetto fabricaba marionetas de madera para decorar toda la casa. Además tenía una casaca para cada día de la semana…






11 de noviembre de 2012

CONCURSO DE CUENTOS: "POR QUÉ LEER A LOS CLÁSICOS, 2012"



Presentamos los trabajos ganadores del corcurso interno Por qué leer a los clásicos, 2012, del IES La Albuera. Este año giró en torno a la novela de Luis Sepúlveda Un viejo que leía historias de amor y contó con la participación del escritor David Benedicte. Sintetizamos a continuación el argumento:

Antonio José Bolívar, antiguo colono en la selva, ha aprendido a convivir con la naturaleza tras instalarse en un poblado aborigen, compartiendo costumbres y ritos ancestrales. Tras una experiencia desdichada,  acaba viéndose obligado a matar a un colono  irresponsable y retorna a la ciudad, donde soporta la vida “civilizada” leyendo historias de amor -única experiencia de la que carece tras perder prematuramente a su jovencísima esposa y vivir experiencias con jóvenes aborígenes poco ajustadas a los cánones galantes de la literatura.
Estructurada la novela en capítulos que pueden leerse como cuentos independientes, alcanza su mayor intensidad en las últimas páginas, cuando Bolívar,  obligado a acompañar una expedición de caza organizada por turistas insensatos y destructivos acaba estableciendo un duelo lleno de nobleza y respeto mutuo con una tigresa que aterroriza al pueblo. Bolívar, vencedor, oculta el cadáver del noble animal para evitar que sea profanado.
 Toda la novela gira en torno a un tema habitual en el novelista chileno: la intrusión irresponsable del hombre occidental, codicioso, soberbio e ignorante, en un ambiente de naturaleza virgen que desconoce.  Se convierte, así, en una amenaza para la convivencia de los humanos modernos con el resto de los seres vivos y para la supervivencia de la propia naturaleza.
Los tres cuentos que a continuación se presentan han buscado la inspiración en distintos apartados. Daniel reinterpreta la vivencia de la cacería final en un monólogo inesperado del lector adormilado que deja volar la imaginación entre las páginas del libro y la conferencia. Pamela se fija más bien en los dos móviles abstractos de la novela de Sepúlveda: el amor y el compromiso político con la democracia, para desembocar en un inesperado final. Sandra busca un insólito punto de vista de un personaje secundario tomado de la interminable galería de la novela, que evoca su vida desde las perspectivas más simples.










Daniel Alcalde

LAS RAYAS DEL FELINO



             Y ahí se encontraba el susodicho cazador, a menos de un metro de la bestia que le amenazaba con sus poderosas extremidades superiores. El sudor le resbalaba por la piel como la sangre por el costado del animal. Permanecieron un cierto tiempo autocompadeciéndose, pero repentinamente la feroz bestia se saltó esta pausa para satisfacer su sed con las entrañas del hombre. Mas aquel hábil humano consiguió eludir satisfactoriamente el ataque, pretendía conseguir que el animal dejase descuidado su punto débil para asestarle el golpe decisivo.
Las horas pasaban y ambos combatientes parecían no poner fin a su absurda lucha únicamente por un honor ficticio que superaba todas sus capacidades. Sentían necesidad de proseguir con el conflicto. La sangre comenzó a brotar del muslo derecho del cazador, el felino  le asestó tal zarpazo que aquel hombrefue mutilado de gravedad en la mencionada extremidad. Lo más sensato parecía huir para recuperarse de la herida, pero no podía, no a estas alturas del duelo.
El machete que empuñaba este espécimen humano estaba ya ennegrecido por la sangre coagulada y seca que portaba, mas sus cortes seguían siendo tan limpios como la primera vez. Ambos combatientes, exhaustos,  jadeaban entre cada acometida que realizaban sin éxito sobre el otro. Era una lucha de iguales.
La noche caía, y con ella el entusiasmo de la pelea, ya ninguno de los dos reacios enemigos deseaba ver agonizando al contrario. Marcharon a buscar refugio para la noche, e intentar sanar sus heridas. El poderoso felino se ocultó entre los altos helechos del suelo selvático, mientras que el hombre, malherido trepó a un árbol con una venda improvisada con hojas para taponar la fuerte hemorragia de su miembro inferior derecho.
Las primeras luces y la neblina del alba despertaron temprano al cazador, que después de aquel sueño reparador tubo fuerzas suficientes como para ir en busca de su desayuno. El cazador  comenzó a engullir el sabroso pez que había capturado con las manos. Pero antes de que lo acabara, el incansable felino se abalanzó sobre él como pidiendo reanudar la incansable y sangrienta lucha. Otra vez el machete chocaba contra los marfiles del animal a modo de sujeción de seguridad, mientras la mano izquierda buscaba cualquier objeto del suelo que pudiera ocasionar el máximo daño posible al animal. Las fauces húmedas del felino se aproximaban progresivamente a la cara de su objetivo, que tumbado en el suelo hacía todo lo posible por salir victorioso de este episodio de su vida. Las primeras gotas de saliva caían sobre la mejilla del desesperado hombre que se dio por vencido.
-Esto es el fin…
Y la potente mandíbula del animal se adentro en los más profundos pensamientos de su presa, la cual yacía en el suelo sin ningún tipo de vida consciente, cual roca…


-¡¡SILEEEEEENCIOOOOOOOO!!-Gritó un profesor de los allí presentes, creando una repentina acción de sobresalto entodos, al borde del sueño más profundo y perfecto que se podía imaginar.
 Todos los alumnos volvimos a hacer una intentona de prestar atención al orador que contaba el argumento de la novela; el cual, afortunadamente, ya iba por el final.
-El final es muy emotivo, sobre todo cuando el viejo deja el cadáver de la tigrilla en el río para que no sea profanado.-Prosiguió el orador, él era calvo, su cabeza brillaba y podían verse las lámparas cercanas en ella.
-Estaba mucho mejor mi final…-pensé, quitándome las legañas- El del autor es muy cursi.
El aburrimiento invadía a cada cual que se encontraba en aquella sala infernal, aunque entre tanta monotonía se presentaban instantes de carcajadas y se producía cierta atracción hacia la susodicha conferencia, que finalmente no resulto tan agobiante como lo esperado. Al finalizar el comentario, se produjo una fuerte ovación hacia aquel hombre que se dignó a hablar delante de todos nosotros.
Repentinamente, la tierra comenzó a sacudirse, violentamente no, lo siguiente; y una fisura de proporciones descomunales comenzó a abrirse bajo todo el edificio como una puerta al interior de la tierra, cayendo todo ser que se encontraba en esa sala. La tierra se cerró bajo nuestras cabezas dejando únicamente la posibilidad de avanzar por una estrecha abertura entre rocas. Todos estábamos asustados, éramos desconocedores de lo que podía aguardar al finalizar la travesía recién emprendida.
Pasadas varias horas de exhaustivo viaje  por las sucias paredes e inestable suelo de la gruta, una sala descomunal es abrió ante todos. Estaba vacía, únicamente se podía encontrar más barro y rocas. Inspeccionamos toda la superficie que podíamos alcanzar, en busaca de alguna manera de proseguir. Tras diversos movimientos de rocas, una pared acabó por desplomarse, matando a varios de los recientes exploradores (pero no a mí, que seguía disfrutando de cada instante de esta repentina expedición). La cavidad que se descubrió tras el derrumbe, brillaba con un esplendor que se asemejaba a un espejo. Simplemente era toneladas de metales que se asemejaban a la plata pulida… ¡Qué bien!


Un  momento, esto es demasiado bueno para ser verdad…¿Qué hace mi libro mojado?... Parece que estoy en la biblioteca… ¡Ah, claro! Estoy estudiando… Y… ¿Me he quedado dormido?... ¡Puaj, el libro esta todo babeado! Curiosamente… Las babas me recuerdan al pelaje de un tigre… Ya comprendo por qué me he dormido… Pero, ¿Cuánto tiempo habré estado descansando los ojos?... Seguro que no llevo mucho, solo son las seis y trentaisiete… Madre mía, qué silencio. Tengo que continuar estudiando… ¡ahí va! ¡Una mosca en mi libro! Que guay… Está planeando conquistar el mundo, por eso se frota las patas… Y, ¿cómo será ser una mosca?, yo no me daría con los cristales, porque ya los conozco, pero si que me gustaría ir hacia las bombillas encendidas… Son tan brillantes… Y, ¿cómo se fabrican?, seguro que lo enseñan en algún programa de la tele… Y, ¿qué estarán echando ahora?, voy a buscar en algún ordenador la programación de hoy… Interesante… Creo que me voy a ir a casa a ver este programa… Ya estudiaré antes de dormir... Tal vez tenga para cenar hoy croquetas, o a lo mejor una ensalada césar… Tengo ganas de llegar a casa…





Pamela Rosero Delgado      4º “A”

LA RAZÓN Y EL CORAZÓN


Hoy quiero contar mi historia, soy de origen chileno mis padres son personas de origen humilde que me criaron con amor, me dieron una educación y supieron apoyarme en todo momento en las metas que tenía, apoyaron mis sueños y ahora soy un gran escritor.
Cuando tenía veinte años la situación económica y política en nuestro país se nos tornó difícil, era critica pues se había instaurado una dictadura y yo como algunos otros me oponía a ese régimen de gobierno. Era un libertador, un revolucionario, un escritor fanático de la libertad.
Mis padres tuvieron que viajar a otro país, donde al parecer les ofrecían lo que aquí no teníamos y añorábamos, libertad. Yo también viaje con ellos, fuimos como emigrantes a casa de unos familiares que teníamos allí, donde conocí a una joven de la cual me enamoré con locura. La veía a diario peinar sus hermosos y largos azabaches cabellos y partir cada mañana a su colegio. Era una hermosa niña con rostro angelical que hacía que mis problemas se desvanecieran pues tenía solo trece años y su inocencia brotaba a flor de piel.
Cierto día, ella distraída le robé un beso, beso al cual ella correspondió con la misma pasión que yo; desde entonces empezamos un tránsfugo romance, le regalé una flor junto con mi corazón y ella aun estando asustada de lo que sentía me correspondió. En cada uno de nuestros encuentros clandestinos ella se hacia la misma pregunta: ¿Qué dirán mis padres si se enterasen de lo nuestro?, pues ella y yo éramos primos. “Un incesto”, dirían e intentarían separarnos. Yo callaba sus palabras con mis besos y la niña correspondía a mis muestras de cariño y yo solo rogaba a dios que nunca nadie nos separase.
Cierto día después de tanto buscar conseguí un trabajo, en un lugar que no había visto jamás, era un hermoso paraíso, un hotel que estaba rodeado de un lago y unos jardines con todo tipo de flores hermosas desde margaritas asta rosas pero ninguna más bella que mi amada y yo era su jardinero mi trabajo consistía en ocuparme del cuidado de los jardines principales y secundarios y de ese azul y cristalino lago. Aparte de esto tenía que cuidar a mi Lizbeth pues mis tíos me la habían confiado. Tenía que recogerla de su colegio y llevarla a su casa o a donde necesitase. Cada vez las cosas se tornaban peor para nuestra relación pues mis tíos volcaron toda su confianza en mí y yo la estaba traicionando al enamorarme de su tesoro, su hija menor, mi prima.
Como es tradición cuando las niñas cumplen quince años, les hacen su fiesta rosada y ella tuvo la suya. La vistieron con un hermoso vestido de princesa, adornaron sus cabellos con una corona de falsos brillantes y su blanco y suave cuello, que tantas veces había besado, con una gargantilla de oro. Pero ni aun con tantos adornos su carita de inocencia dejaba de brillar, era una hermosa luz, mi motivo de vida, y era irónico yo, que toda una vida había luchado por la libertad, estaba atado a ella y por su felicidad y tranquilidad reprimía mis deseos de decirle al mundo que la amaba.
Con quince años la niña se había vuelto mujer más hermosa que antes; ella decidió que era mejor no verme más, que no quería problemas y que era una niña insistía. Por último que tenía otro amor, me dijo. Desde entonces dediqué mi vida a mirarla dese lejos, ser su amigo, confidente. Y a luchar por mis ideales, quería volver a Chile y acabar con aquella cruel dictadura que a mi pueblo aprisionaba.
Por mis venas corría sangre revolucionaria y viajé. Cuando llegue a las playas que rodeaban mi antigua casa y el azul del mar que bañaba aquella roca donde solía sentarme a pensar y escribir mis pensamientos, las vi destruidas, al igual que el resto del pueblo. Parecía un lugar sin vida, la gente estaba sumisa ante los militares, y ante el dictador nadie se oponía. En su mirada se notaba que no eran felices, la luz se había escapado de sus ojos.
Los arrogantes y pedantes políticos hacían de las suyas en mi país, MI PATRIA, yo mientras que trabajaba y cuidaba de Lizbeth me había sacrificado y había terminado mi carrera de derecho, era un abogado con ideales de hacer justicia en mi país y aprisionar y castigar a todos los que lo habían dañado. Un día después de varias revueltas me arrestaron, pero “el dictador” sabía que sería un escándalo asesinarme por haberme ganado buena fama y voluntad de todos, por lo que me exiliaron.
Un año después volví al país donde mis padres habían logrado ser felices. Cuando llegué mis padres trataron de mil maneras de que me quedase, que no volviese a Chile, que abandonase mis ideas de revolución, y durante un tiempo lo lograron. Cierto día la vi, en una reunión familiar, la vi y su rostro apenas había cambiado, corrió a mis brazos y yo a los suyos y disimulando nos abrazamos. Entonces me di cuenta que me amaba tanto como yo a ella, me amaba y eso era cuanto quería saber; en esa misma reunión mientras todos comían, bailaban y bebían, ella y yo fuimos al lugar de nuestros encuentros.
Mi niña ya era mujer, tenía dieciocho años y había cambiado, solo entonces paré a analizar su hermosa figura, estaba bien formada como pulida a medida, la besé y ella se dejó llevar, entres rosas rojas y margaritas la hice mía, creí en sus palabras, en su declaración de amor, pues también pude darme cuenta que me estaba entregando su más valioso tesoro, ya que jamás ningún hombre la había tocado, era casta y pura y me estaba regalando su inocencia. En aquel instante yo era el hombre más feliz, me sentí importante para ella y ella lo era para mí. Estaba dispuesto a abandonar mis apasionados ideales por vivir toda la vida a su lado y entre besos y caricias se lo propuse.
Las cosas en Chile estaban peor, para mí era un alivio saber que la gente quería levantarse y yo añoraba dar un golpe de estado acabando así con la dictadura e implantar una democracia en ese momento mi corazón y mi razón se volvieron rivales a muerte, ignorando mis sentimientos viaje a Chile, arriesgándome a morir si la guardia del dictador me veía.
Un sábado por la tarde llegué y mis compatriotas me escondieron, planeamos juntos una dura ofensiva al parlamento pues éramos más fuertes y contábamos con muchas armas. En una noche fría de mayo atacamos el Palacio de Carondelett y allí secuestramos al dictador junto con su familia obligándole a dimitir y entregar la libertad a nuestra patria. Como era de esperar, este, al verse acorralado y con la cobardía que lo quemaba por dentro, en cuanto quisimos darnos cuenta el muy cobarde había matado a su familia y se había suicidado.
Al fin había conseguido uno de mis mayores sueños, ver a mi paria libre. Entonces decidí dejar Chile en manos del que me pareció sería un buen gobernante y viaje a encontrarme con mi Lizbeth y apoyarla en sus sueños, haciendo así realidad otro de los míos que era estar junto a ella, cuando me vio sus ojos se llenaron de paz y gordos lagrimones pues la pobre había pensado que lloraría mi muerte.
En ese entonces, cuando al fin la besaría sin remordimientos y con toda libertad sin que nos importe que todos se enterasen de nuestro amor, desperté en una sucia, oscura, mugrienta, y cruel celda de una de las cárceles del Mariscal Sucre, también apodado por mí como “El Dictador”. Y ahora, con cuarenta y cinco años, aún tengo la esperanza de encontrarla, de algún día hacer realidad este sueño y enamorarme de una mujer de carne y hueso y así vivir el más lindo romance junto con ella que solo en este sueño había podido lograr.
Pero por más esperanzas que tenga, no lo poder hacer realidad pues en dos días me fusilaban acusándome de desacato a la autoridad y traición a la patria.
Sin más palabras, de mis padres me despido deseando que un día ellos reciban esta carta y me recuerden como en este sueño un hombre que solo deseaba felicidad y amor.
Firmado:
        LUIS SEPULVEDA.





Sandra Martín Gómez.

MI ÚLTIMO AMADO.


Mi madre siempre me había dicho que había nacido en la selva amazónica, pero nunca me había especificado dónde, a pesar de lo cual, yo sabía que era en un árbol. Era muy pequeño cuando nací. Mi piel era sonrosada y mis pocos días de vida me impedía saber o conocer nada. Me pasaba los días con mis hermanos mientras mamá nos traía la comida. Éramos un total de tres pequeñas y sonrosadas criaturas que acababan de conocer el mundo.
Poco a poco aprendí a valerme por mi misma. Mi familia era peculiar porque mientras mi padre enseñaba a mis hermanos, mi madre no me enseñaba a mí sino que se ocupaba en cuidar de los próximos habitantes de lo que ahora llamo mi casa. Aprendí observando cosas, plantas, animales, humanos, pájaros, peces y tigres. De estos últimos descubrí que siempre que alguien se encontraba con uno debía de huir rápidamente.
Mataba el tiempo, mientras aprendía, en dar investigar en las cercanías de mi casa. Saltaba desde una rama de un árbol y aterrizaba en la del árbol de en frente cada vez con más facilidad; me gustaba ver a los peces nadando arriba y abajo y saltando por encima del agua, pero odiaba cuando les sacaban del agua y se ponían a saltar en la tierra y dejaban de moverse. Mi padre me explicó que eso se llamaba boquear, era lo que hacían cuando no tenían agua para respirar.
A veces acababa como mareado, me caía al suelo después de dar vueltas anonadado por los colores que rezumbaban, los rojos, los verdes, los amarillos, los marrones, las pocas veces que veía el azul del cielo o el azul del río mezclado con el marrón (otra vez) de sus orillas. Me costó mucho aprender esto porque hay infinidad de colores; por ejemplo, de verdes hay muchísimos, verde de las hojas a las que les da el sol -que son más claritas-, verde de las hojas a las que no les da el sol, verde de la hierba en el suelo, verde de esas cosas verdes llamadas algas -que resulta que son diferentes fuera del agua que dentro-. Y está el verde de los árboles, el verde que se ve por encima de los árboles, el de los árboles cercanos, el de los lejanos, el de los que están en medio, en la armonía de todos ellos...
 A pesar de que ya había visto más humanos antes, una vez vi humanos nuevos, no iban sin ropa, tampoco iban todos iguales, y tampoco tenían lo que mi madre llamó piel de color marrón oscuro, lo tenían marrón pero claro. Mi madre me explicó que eran salvajes, que quería decir gente que decían hacer formas con un palo en la arena y a eso lo llamaban números. Pero mi padre la corrigió diciendo que eso eran los contrarios, que eso eran los shuar, que ellos eran gente que ni vivía en al selva pero que creen vivir en ella porque han aprendido cosas en algo llamado libros, que son cosas grandes y cuadradas con un montón de cosas parecidas a las cortezas de los árboles, pero mucho más finas y blancas unas encima de otras y donde hay lo que se llaman palabras. Un día quiero saber escribir, mientras tanto me vale con sobrevivir.
Mi padre enseñó a mis los misterios de la selva, a saber diferenciar un águila de un pájaro que no es peligroso, a saber en que sitios dormir, preferiblemente en lo alto, a no acercarse a algo que ellos llaman serpientes pero que yo no he visto nunca.
-Papá, ¿qué son las serpientes?-le pregunté un día muerta de curiosidad.
-Son animales alargados, como las ramas de los árboles para que te hagas una idea, pero que se pueden mover, y, como son de los mismos colores que la selva, no se los ve muy bien. Pero son muy peligrosas porque te pueden morder y cuando hacen eso tienen veneno que es un líquido que te mata, pero no lo tienen todas, por lo que dicen los humanos. Algunas se enroscan aquí -me señaló la unión de mi cuerpo con mi cabeza, el cuello- y te aprietan y te impiden respirar y te matan.
-¡Hala!
-Pero si vas por lo árboles es mucho menos probable que te pase eso.
Esa fue la primera vez en toda mi corta vida que deseé realmente no haber nacido aquí. Conmigo, en cambio, se aseguró de que hubiera aprendido lo necesario para mí, para que fuera capaz de sobrevivir. Me dijo que al ser una chica no me hacía falta mucho más porque ya se encargarían los chicos de protegerme. Pero yo quería crecer, descubrir, aprender, volar. Tiempo después de que se fuera mi padre pregunté:
-Mamá-le pregunté un día-. ¿Por qué se fue papá?
-Para tener más hijos y que nuestra especie continúe viviendo por muchos sitios.
-Pero tú has tenido más hijos.-Le reproché.
-Sí, pero no del mismo padre.-Y con eso dio zanjada nuestra conversación.
Crecí sola, mi mamá murió cuando nacieron los últimos hermanos que iba a tener, cuatro, pero tres se murieron a las pocas horas, ella siempre decía: “La vida en la selva es de las más duras que existen.” Aunque quería ver tanto como fuera posible, en realidad me sentía sola sin mi familia, mis hermanos se fueron en cuando mamá murió, y los que nacieron después que yo hicieron lo mismo, solo quedé yo. Aunque quería ver si había algo más allá de la selva o todo era una gran selva, cosa que suponía que no era así por la frase de mi madre, solo salí una vez de la selva y por poco no vuelvo.
Estaba yo un día con mi primer amado, me había cautivado tanto que estuve con él mucho tiempo, tuvimos cinco hijos y yo hice que sobrevivieran todos, pero como me explicó mi madre, se fue, y con él todas las ganas de criar hijos que tenía, aun así, tuve un segundo amado y un tercero y seguí cuidando de los hijos aunque algunos ya se habían echado a volar. Un día mientras buscaba comida, descubrí lo más apetitoso del mundo: la mejor comida que mis pequeños ojos habían contemplado, así que me dirigí a por ella, pero algo me atrapó, me pasé así mucho rato y descubrí que había pájaros que estaban enjaulados como yo, eran de todos los colores, azules, rojos, amarillos, grises, blanco… y algo que según mi madre era un tucán.
De repente, un humando vino a por nosotros, a todos los pájaros los enjauló y a mí me dejó atrapada, pero en cambio hubo dos pájaros a los que dejó libres, cosa que me sorprendió. Para mi sorpresa, nos llevó con más hombres como él, estos humanos debían de ser de los que no eran salvajes por como eran. El humano que nos tenía presos nos dio a otros humanos y ellos le dieron libros. Por lo que vi, a ese humano no lo llamaban humano, sino Bolívar.
Yo estuve con un humano con el que me llevó muy lejos, otros humanos se llevaron otros pájaros, otros directamente los soltaron, otro se llevaron otros animales que no alcanzo a distinguir. Mi humano se llamaba Fernando. Fernando era grande, mucho más grande sí, tenía la piel muy poco marrón, tenía una cosa en la cabeza que le ocupaba toda la cara de color marrón muy marrón, y llevaba las ropas más extrañas que jamás he visto, aunque he visto pocas. Estuve mucho tiempo con él, y yo podía estar por toda la casa, pero un día me dijo:
-Te voy a llevar a tu casa otra vez.-“Casa”, pensé, eso me suena.-Sí, esa con árboles y…-“árboles, mi casa, mi árbol, mis hijos.”-Vaya, se te ha cambiado la cara, te llevaré mañana por la mañana.
Al día siguiente por la mañana volví a mi casa otra vez como había prometido, pero ver como se desplomaba no se me olvidará nunca, ver como aparecía ese tal Bolívar corriendo y diciendo “Está muerto, muerto.”, y llegar a la conclusión por mi misma de que jamás le iba a volver a ver después de lo bien que me había tratado me hacía daño. Pero decidí seguir haciendo lo que tenía pensado hacer, volver a por mis hijos. Para mi sorpresa, todos se habían ido. Y en ese momento me pregunté cuánto tiempo pasé fuera, por lo menos el suficiente para no verles crecer, pero decidí pensar que eran parecidos a mis hermanos, que se fueron a vivir.
Pasé mucho tiempo sin volver a tener hijos y solo tuve un amado más y tres hijos más. Con el tiempo decidí que él fue el mejor amado que había tenido nunca, pues aunque era físicamente parecido a mis otros dos amados, gracias a este recuperé la felicidad que tanto me embriagaba al principio. Recuperé mi maravillosa forma de ser llena de curiosidad que dejaba anonadados a los más precavidos, envidiados a los más jóvenes y con sus recuerdos a los que acababan de tener hijos; cuando él apareció decidí que iba a ser mío aunque solo fuera temporalmente, decidí que si conseguía volver a volar de la misma forma sería con él.
Y, en efecto, así fue, volver a volar así me hizo olvidar la muerte de Fernando, el abandono de mis hijos y todo el  maravilloso olor a humedad que impregnaba la atmósfera. Me ayudó a identificarme físicamente ahora que lo había hecho por dentro: yo era verde, pero con la parte esa roja y lo que queda de cabeza azul, y por debajo de los ojos amarillo, en la zona de las alas que más se acerca a la espalda era roja también, mi piquito era marrón; y la mayor preciosidad del mundo con la que tuve cuatro hijos era verde con una parte de la cabeza amarilla.
Nuestros hijos eran una macedonia de ambos, aunque en esta macedonia los trozos se separaban perfectamente, los chicos eran como su padre y las chicas como yo, tuvimos un total de seis, cuatro chicas y dos chicos. Su padre nunca les abandonó, sino que se murió. Yo les enseñé todo lo que aprendí, sin importarme contarles más a los chicos que a las chicas a todos igual, todos tenían que sobrevivir, ellos se fueron, yo encontré a otro sustituto de mi amado pero no tuvimos más hijos.
No sé por qué me he acorado de esto, tal vez porque resulta que el dicho de los humanos de que cuando vas a morir pasa toda tu vida por delante de tus ojos es verdad, porque estoy a punto de llegar al suelo, me ha dado algo así como un susto que no sé como se llama y cuando me he dado cuenta, ya estaba cayendo, por eso no he tenido hijos con mi último amado.