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30 de mayo de 2014

Cuento: El tarro

El relato que se inserta a continuación ha ganado el concurso de cuentos "Emiliano Barral" de 2014.

OLMO DE ANDRÉS GARCÍA
EL TARRO

Aquello parecía un tarro de menestra estrellado contra el suelo, pero el líquido amarrillo se había tornado rojo y los guisantes, zanahorias y patatas trocitos de cerebro, huesos y piel. Y él no podía dejar de mirarlo y pensarlo, pero tampoco le preocupaba, ni que no pudiera dejar de compararlo con menestra desparramada, ni que aquello estuviera desparramado. No le preocupaba nada ni siquiera la persona de la que había salido la menestra le preocupaba lo más mínimo. Él solo quería derramarla, tirar el bote de menestra contra el suelo, como un niño que experimenta, y joder, le gustaba el resultado, le satisfacía, no le divertía, quizás toda la preparación para hacerlo sí que le divertía, le entretenía, pero como te entretiene y divierte el ir de compras y como el ir de compras, esa sensación solo duraba lo que tardas en elegir el qué comprarte y lo que te decides en hacerlo. Pero la satisfacción sí que duraba, duraba toda la vida, una vez hecho tendrías el recuerdo ardiente en tu memoria, provocándote la satisfacción perpetua de haber roto el tarro, de verlo romperse una vez y...

 Y en ese momento de la línea argumental, mientras sigue observando el desparrame, es cuando se da cuenta de que va a tener que hacer más experimentos, de que tendría que probar con otros tarros, con otras personas, con otros instrumentos, no solo las manos. Sonrió para sus adentros, no conocía esta faceta suya, pero le estaba gustando. Ya no valía para nada seguir en esa casa, sería mejor volver a la suya, descansar e ir mañana al médico, la herida de la cabeza le estaba escociendo.

 A la mañana siguiente se despertó con mucho dolor en las heridas de la cabeza, se miró en el espejo y vio que los dos agujeros estaban supurando pus, así que se fue a urgencias, que era lo que le habían dicho en el hospital. En el hospital le tocó esperar al lado de una mujer, la mujer no dejaba de juguetear con su móvil, dándole a las teclas una y otra vez cada vez más rápido, más fuerte. Se estaba empezando a cabrear y eso implicaba empezar a elucubrar el experimento. Las manos esta vez no, se decía mientras pensaba otro recurso. ¿Qué tenía a mano? Una caída de por lo menos seis metros, pero no, eso mejor no, podría no morir, armaría mucho escándalo, se enteraría todo el edificio. ¿Qué más tenía? Ah, sí, perfecto, un bolígrafo.

Ilusionado ante la perspectiva de un nuevo instrumento se concentró más en el experimento. Ummmm ¿Qué podría hacer? ¿El bolígrafo en el ojo? Perfecto, aunque eso no la mataría ¿Y después? Estamos en un hospital ¿Por qué no practicarle una traqueotomía? Sí, sí, sí, y después para rematarla se lo clavare en el
corazón. Pero antes de todo esto taparla la boca no quiero que nadie se entere. Ya estaba todo dispuesto, la miro, con la mirada del que sabe que la va a matar y se divierte observando a la presa.

 Ella estaba tan concentrada en su móvil que no se dio cuenta de la mirada ni de cómo la mano izquierda de aquel hombre de su lado se movía, lenta, metiéndose en el bolsillo de su pantalón, y de cómo su mano derecha pasaba de estar entre sus piernas para moverse sigilosamente hacia la pierna más cercana a ella, preparada para saltar, para accionar una combinación de movimientos que serían el final de su vida.

 Pero algo falló, siempre hay factores imprevisibles, sobre todo en un hospital, factores del tipo personal, como en este caso. Pues apareció una enfermera momentos antes de que se iniciara la tragedia, la enfermera que le llamo a pasar consulta. Así que nuestro psicópata se tuvo que marchar de la habitación dejando allí a la chica, que jamás sabría lo que la enfermera. Pasó a la consulta del doctor, que le dijo que se sentase.

-¿Le está supurando, verdad?- Dijo el doctor.

-Es completamente normal, señor, una barra de hierro le ha perforado el lóbulo frontal y vive para contarlo. Pase a la camilla por favor.- Se acercaron los dos a la camilla, el doctor quitó las gasas que tapaban los dos agujeros. –Sí que le está supurando sí, pero tranquilo, esto no es nada, lo limpio, desinfecto y cambiamos las gasas y como nuevo.

-Muchas gracias docto, todavía no sé cómo va a afectar esto a mi vida.

¿Qué voy a hacer? Soy un minusválido a ojos laborales y un engendro a ojos sociales- Decía entristecido.

-De eso quería hablarle, señor. Verá, me he estado informando de su accidente, no es usted el único. En 1848 un instalador de vías de ferrocarril sufrió el mismo accidente que usted, una explosión hizo que una barra de hierro de 3 cm atravesara su cabeza por su mandíbula y saliera por su cráneo, llevándose con ella parte de su lóbulo frontal. El caso es que la personalidad de Phineas Gage cambió radicalmente a partir del accidente, pues, como sabrá, en el lóbulo frontal se encuentra el sentido de lo moral, por lo que no sería de extrañar que a usted le pasara lo mismo, lo que le convertiría en un terrible monstruo para la sociedad.

 ¡Oh sí! pensaba él mientras el doctor le decía lo del caso de Phineas Gage. Cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana. La estúpida chica del móvil se le había escapado, pero no este no tenía escapatoria. Ya estaba agarrando el bolígrafo del bolsillo. El doctor no se dio cuenta de nada, de repente el paciente se abalanzó hacia él, le aferró la boca con una mano y sintió el bolígrafo clavándosele en el ojo justo antes de desmayarse.

 Qué decepción, el doctor se había desmayado antes de la traqueotomía, experimento fallido. No pudo evitar cabrearse, le disgustaba mucho que las cosas no salieran según lo planeado. Así que decidió acabar con el experimento fallido de un modo rápido. Rebuscó en los cajones y encontró lo que buscaba, al fin y al cabo estaban en un hospital. Con el bisturí en una mano y la otra agarrando el bolígrafo del ojo para mantener el cuello en tensión. Clavó el bisturí en el cuello del doctor y cortó hasta que pareciera

 Esto no le terminaba de valer, él quería ver el tarro romperse, ver irse la vida en los ojos. El doctor no le estaba satisfaciendo en absoluto. Pero tendría otra oportunidad antes de marcharse del hospital, todavía quedaba la enfermera, antes o después aparecería y sería el momento oportuno.

Tenía que planear otro experimento y no sabía del tiempo que disponía, ni de los materiales, no quería un bisturí, con eso era tan simple.  Miró en todos los cajones y al final decidió hacer lo siguiente. Esperaría a un lado de la puerta con esparadrapo en las manos, cuando apareciera la enfermera le pasaría los brazos por debajo de los suyos, llevando sus brazos hacia la boca para ponerle el esparadrapo, a la vez que la privaba de cualquier movimiento de sus brazos. Después usaría más esparadrapo para atarla de brazos y piernas y ponerla encima de la camilla, una vez encima de la camilla y atada pondría el experimento en marcha.

¿Cuánto tardaría en morir asfixiada si le ponía una bolsa de plástico en la cabeza? Lo cronometraría y no solo eso, quería oír los últimos latidos de una vida que se desvanece, así que cogió el estetoscopio del cuello del doctor y se lo puso alrededor del suyo. Ya estaba todo planificado, solo faltaba que  La enfermera no tardó en aparecer, al igual que no tardó en verse inmóvil encima de una camilla con aquel demente observándola, sonriendo, mirando interesado su cuerpo. Por su cabeza paso la violación, la dio asco solo pensarlo, pero en cuanto vio que la cubría la cabeza con una bolsa de plástico y después apretaba con esparadrapo la bolsa a su cuello prefirió la  Pa-pa pa-pa pa-pa. Parecía que se le iba a salir el corazón del pecho, pero no habían pasado ni cinco segundos cuando el ritmo cardíaco empezó a descender. Pa pa pa pa. Poco a poco, cada segundo se reducía un poco más, notaba como la vida se alejaba del corazón. En su cara la sonrisa inocente de un niño que acaba de abrir su regalo de Navidad. En su cabeza la obsesiva cuenta de los latidos del corazón. En la habitación ya casi el silencio, pues apenas forcejeaba ya la enfermera. Pa….. Pa……Pa……..Pa……… ¡Dios, sí! Era perfecto, había sido increíble, pero era hora de marcharse, sabía que no podía permanecer allí mucho más

 Volvió a su casa pensando en lo que había hecho, deleitándose de lo que para él era su nuevo hobby. A la puerta de su casa había un hombre vestido de traje, le enseñó la placa y le dijo que le acompañara.  No se lo pensó dos veces, se abalanzó sobre el policía. Fue lo último que hizo. En el coche aparcado a la puerta de su casa había otro policía que había visto venir la jugada, se bajó y sin miramientos disparó. Mejor un loco menos, que un loco más en el psiquiátrico. De su pistola todavía salía humo, enfrente del cañón el cuerpo de un hombre que se derrumbaba sobre sí mismo, cayendo sobre las escaleras de la puerta de su casa. Dejando ver en la pared de enfrente lo que al policía se le asemejaba a una menestrade verduras desparramada, solo que la salsa se había tornado roja y los guisantes, zanahorias y patatas ahora eran piel, carne y trocitos de cerebro.

6 de junio de 2013

POR QUÉ LEER A LOS CLÁSICOS - 2013

PRESENTACIÓN

La actividad de “Por qué leer a los clásicos” – 2013 giró en torno a la Generación de los 50, un grupo de poetas excepcional que modificó el concepto de poesía, haciendo de este género una forma de aproximación entre poeta y lector, llena de gestos de complicidad, sentido del humor, reflexiones sobre la vida cotidiana y la memoria, conversaciones del propio autor consigo mismo.

Amigos de la conversación y las reuniones, defensores de la libertad cotidiana, reflexivos…Se les llamó, la Generación de la experiencia, pero también, con ironía “La Generación del alcohol”. En tre otros, Ángel González, Gil de Biedma, Agustín Goytisolo, Félix Grande, o sus antecesores José Hierro, Blas de Otero… Su obra acaba con los vicios de la poesía del XIX

Uno a uno, son fundamentales para nuestra poesía reciente; en grupo son imprescindibles. Un tema parece perseguir a la generación: el recuerdo de una infancia robada por la guerra y una juventud falseada por la propaganda. Una generación formada especialmente por poetas naturales de Barcelona, pero con una proyección especialmente moderna y universal.

Nos habló de ellos el poeta Ben Clark, tan joven como para ser nieto de ellos, de quienes tomó ideas, temas, estilos. También nos habló de cómo construye sus propias poesías. Un inteligente poema de María Casas nos brinda la descripción del joven poeta.

La actividad se cerró con un concurso de creación literaria, donde los trabajos debía derivar de charla. Reproducimos los once que seleccionaron los profesores encargados. En primer lugar, dos poemas introductorios: Mayra, Serna en un hermoso homenaje a los poetas de la generación y María Casas con un retrato del poeta que disertó sobre ella.
Todos son buenos, pero salió ganador el poema de Natalia Jimeno, seleccionado por los votos de todos los participantes. Es un homenaje a las gentes que vieron truncada su vida por la guerra, intentando plasmar el estilo íntimo característico de la Generación. En esa misma línea, destacamos la prosa poética de Esther Navajo e Inés Pastor


En los trabajos de Natali Biserova y Paula Muñoz, sin embargo, el tema de referencia es la memoria de la infancia pedida, a partir de recuerdos personales. Berta Martín y Yésica Ríos retornan al pasado, evocándolo como un mito., mientras que Julia Concepción habla del hecho en sí de escribir, en conversación con el personaje olvidado. Finalmente, Guillermo Barroso y Esther Subtil, se recrean más bien en la figura de Ángel González; uno, imitando sus poemas amorosos y otra relatando su último accidente..





MARÍA CASAS ESTEBAN
BEN CLARK

Tenía 29 años... no más.
Acento extranjero, lento, gracioso.
Vino y nos habló del pasado. De tremes, de versos rancios,
de hombres que disparaban a la injusticia con palabras.
Nos presentó a Abdullah Samuels, vecino de continente imaginario
ignorado, como muchos otros.
Llenó de polvo nuestros pensamientos, de polvo espeso de recuerdos
de paredes de papel y posits
de humor de guerra, de mundos de niños sin madre.
Tenía los ojos claros, metro ochenta, poeta... no más.
Se fue. Y los que pudimos saborearmos esa atmósfera de tela, de años 50.
De ideas que se desean escribir
Y nos llenó el mundo de paseos sin sentido, de ciudades sin cines, de islas sin trenes.



MAYRA SERNA
A ELLOS


Eran ellos los que querían ser diferentes
Eran ellos los que pretendían cambiar las cosas
Sabían perfectamente que con su pluma y una hoja
Harían historia.

No habían vivido la causa que defendían
Alguno de ellos tenía hasta  dos cosas
Pero no importo para que su  imaginación volara.
Hablaban de guerras y de tristezas
De sus infancias y juventudes
De su desprecio hacia lo vivido y
Criticaron a quienes no defendían la causa.
Estaban hartos de esas novelas
Se apoyaron en otro gran hombre
Y por medio de una fotografía
Plasmaron lo que eran,
Lo que siempre quisieron ser
Y se plasmo lo que la buena literatura
Ha querido exponer.



GANADORA DEL CONCURSO

NATALIA JIMENO GOZALO
A LA MEMORIA DE PROTASIO MONTALVO,



(que vivió durante 40 años escondido en el sótano de su propia casa, como un “topo”, víctima de la Guerra Civil española).



Y mi vida pasa y no pasa nada, nadie la ve,
 nadie hace nada.
Y mi cuerpo muere, día a día, noche a noche,
y la gente calla.
Y mi alma … ¿dónde está mi alma?
¿Alguien la ve?, ¿Alguien la echa en falta?
En esta soledad donde ya no soy nada, paso mis días
pero no importa nada.
Dos vidas distintas, una la real y otra la soñada.
En la real viven los demás,
yo paseo solo en la soñada, en la penumbra,
en la nada.
Y vagando en mis largos senderos de esta pequeña habitación,
mi barba se vuelve blanca.
Y… a aquellos que me convirtieron en un fantasma,
¿Se les ha vuelto la barba blanca?,
o, ¿están errantes como yo, bajo la tierra, pero yertos
envueltos en sábanas blancas?
Mi nombre verá la luz antes de que lo haga mi alma,
pero sus almas … ¿qué almas?, no encontrarán la paz
adondequiera que vayan.





JULIA CONCEPCIÓN GUTIÉRREZ.
PÉRDIDA.

A veces me pregunto, Guadalupe, si tú me echarás de menos.
Sin embargo, no es así. Tú eres pura esencia, nebulosa, allá flotante en tu perfecto mundo de las Ideas. Quién fuera Platón para alcanzarte.
Porque yo sí te echo de menos, Guadalupe.
Las noches de frío que pasé escribiéndote, el número de miradas perdidas en que te
fantaseaba. Tú me acogiste entre tus montañas nevadas, entre tus yermas llanuras, entre tus bosques incendiados, entre tu atmósfera, cercada por duras tapas. Qué joven soy para ser madre, qué abstracta eres para ser yo.
Todo eso se ha acabado.
Se acabaron las madrugadas frente al ordenador, los dedos congelados, el corazón a mil. Nuestra historia encajaba porque no existía, ¿o sí? Maldita distinción entre esencia y existencia.
Malditas las ganas que tengo de volver a ti: las segundas partes nunca fueron buenas.
No, Guadalupe, yo nunca seré Unamuno. Tú nunca llegarás a conocerme, siempre fui yo la que te conocí a ti.



Natali Biserova Lalova. 

NIÑEZ

POCO HAY MÁS INSPIRADOR QUE LA VIVA IMAGEN DE UNA NIÑA CORRIENDO DE LA MANO DE SU ABUELO.


Aún recuerdo su manera de fijar esos azul cielo en mi rostro,
Y cómo moría por ver a su niña, a su preciosa y única…
Su sol, decía.
Cada vez que despertaba, solo afligía que no le faltase de nadqa,
Moría y vivía por ver feliz a su nieta querida…
Si sol, decía.

Pasaron los años, ella creció, lejos, pero a su lado,
Creció rápido y lento, para que él la viese triunfando.
Pasa y pasa el tiempo, y solo quiere que esté orgulloso,
Como un día lo fue ella corriendo de su mano.



HOY, NADA MÁS INSPIRADOR QUE UNA NIÑA CORRIENDO DE LA MANO DE SU ABUELO.






INÉS PASTOR MARAZUELA

APUNTES DE HISTORIA

La última guerra que tocó España acabó hace 74 años. Los últimos signos de represión acabaron hace 38. Así que aquí tenemos lo que estábamos buscando: la paz. O, mejor dicho, Paz.
Gracias, Paz. Desde que has llegado, nuestras vidas se han convertido en globos de colores. Bonitos por fuera, pero por dentro no tienen más que aire. Porque, al fin y al cabo, lo que nos dieron esos tiempos revueltos fueron motivos por los que seguir luchando, ese fin último que ya Aristóteles buscaba.
Y lo que hacemos ahora no es más que caer en el tedioso bucle de la rutina. Día tras día cumplimos un horario similar, repitiéndonos una y otra vez que eso nos ayudará a encontrar la felicidad, sin darnos cuenta de que quizás la estemos buscando en el sitio equivocado.  Sin darnos cuenta de que la felicidad es mucho más fácil de ver cuando brilla entre lo negro.
¿Y dónde podemos buscar ahora la inspiración, si esta suele surgir del mal? Podríamos escribir versos de amor, pero al final nos cansamos de este sentimiento que lleva presente desde los principios de la humanidad.
Así que volveré a mis apuntes de historia, añorando tiempos tristes, pero mucho más dignos de recordar, sumida en esa rutina que es precisamente la que quiero evitar.


ESTHER NAVAJO SAMANIEGO

MIRADAS DE GUERRA

Aquella mirada, con sabor a sufrimiento y nostalgia, traspasó hasta lo más profundo de mí ser. Era el noveno día del Infierno. Los cuerpos caían inertes al son de una canción desesperada, al son del olvido y el dolor. Los recuerdos boyantes se desvanecían con el viento y regresaban cargados de desgracias y caos.

Aquella mirada lo decía todo, y a la vez nada. Aquella mirada al menos vivía. La oscuridad y el hambre se cernieron sobre las madres asustadas, los padres desalentados y los niños que pugnaban por vivir.

Aquella mirada lo vio todo, y no pudo hacer nada. Los aviones sobrevolaban amenazando con la destrucción. Las bombas se desprendían desde los pájaros de hierro y reían sin más. Nadie hacía nada. Todos lloraban en silencio. La luz del sol se escondía temerosa de encontrar los restos de una guerra sin fin. Una guerra que terminó en silencio, un silencio ruidoso y fingido.

Aquella mirada, con sabor a imperturbabilidad y aplomo, se apagó tras el primer amanecer. Aquella mirada luchó... y pereció.

Aquella mirada, con sabor a sufrimiento y nostalgia, traspasó hasta lo más profundo de mi ser.

Berta Martín
Ítaca

Querido Ulises, me he enamorado de Ítaca…
Existe una sensación que surge del mecer de las olas cuando pasas horas acunado por ellas. Esa en la que al salir del agua aún sueñas el oleaje, la cadencia, el goteo, el vaivén. El tono, el ritmo, la humedad. Eso es un beso de Ítaca y yo, que no soy más que una Penélope moderna y modernista, no he podido hacer otra cosa que perderme.

Ítaca es el mar de sus ojos. Por la mañana, recién levantados y confusos, son grises como los días nublados. Como la niebla del invierno que robó. Por la tarde se vuelven verdes como el lecho marino del que forman metonimia; y, por último, titilan azules de noche, con la oscuridad de las farolas perdidas en callejones recónditos sospechosamente transitados.

Ítaca es el mar. Es el agua, el arjé que argumentaba un tal Tales de Mileto. Ítaca es la lluvia, esa que abandona el mar para condensarse en las nubes de su imaginario, para después llver y moverse y recordarme que es mi isla, que es el descanso del éxodo constante de esta Penélope desubicada que siempre se debatió entre irse y quedarse. Entre reír o llorar. Entre besarla o comerla a besos.

Entre dejarla ahí, expectante, para que no desaparezca en medio del mar Dórico, o fundirme con sus costas, enterrar mis piernas en su cintura, convertirla en sancta sanctórum, patria y presidio, como decía ángel González.

Patria porque la amo, y presidio porque cosí mi alma a su sonrisa y ahora, cada vez que ondea los labios que forman mi bandera, me dan escalofríos en el alma.


PAULA MUÑOZ ANDRÉS

Evasión

              Ese olor, ese inconfundible y particular olor al correr por el campo bajo la penumbrosa luz de la luna contaminada. Una carrera de desahogo tras una tarde de números, letras, historia, memoria.  Ese intenso  olor a frescura, convertida en dolor; niñez convertida en rutina y vida matada por la muerte. Ese olor intenso que te lleva, sin tú quererlo y sin poder evitarlo, a esos maravillosos años de vida, de frescura, despreocupación e ignorancia, sin prejuicios. Prejuicios. Ese olor familiar de la posada de los abuelos, la fachada encalada y llena de golpes por el tiempo, el corral, el columpio se balancea desde la viga más alta. Ruge. Esperamos nuestro turno con impaciencia mientras las gallinas se quejan de forma incomprensible, sin prejuicios. Ese olor característico de las tardes de campo, el olor de la comida haciéndose y las blancas sábanas abrazadas por el viento. Hay niños, unos once, más o menos. Los más pequeños juegan con el barro, sin prejuicios, mientras los mayores, pero aun niños, intentan que los coches que pasan se fijen en ellos, sin prejuicios. Huele a chocolate y el bizcocho crece. Los vecinos juegan al tute con los abuelos y un ritmo pesa a lo lejos, el rítmico pisar contra el suelo, recordando ese olor de añoranza, de nostalgia, de deseo de recuperar la posada, ya convertida en herencia, en dinero, en prejuicios.
                                                                                                                                            



ESTHER SUBTIL MARÍA
LA PERSINA
Una nota encima de la mesa: “arregla la persiana del salón”, ya lo haría cuando tuviese un rato, no sabía cuándo seria eso, pero lo haría. Estaba demasiado ocupado escribiendo su nuevo libro. Esa misma tarde se decidió a hacerlo, arreglaría la persiana, así se despejaría un poco, no estaba inspirado, no le gustaba lo que estaba escribiendo y estaba demasiado agobiado para seguir con esa tarea. Se subió a una silla para arreglar mejor la persiana, pero era necesario subir a la repisa de la ventana. Se sentó en la repisa y se dispuso a arreglar la persiana. Mientras lo hacía le dio por pensar. Pensaba en su vida, en su niñez, su juventud, la muerte de su madre que tanto le había afectado, el nacimiento de su hija, en todo el éxito que había tenido como escritor, y fue ahí cuando empezó a recordar lo agobiado y poco inspirado que estaba por su nuevo libro. No recordaba nada bueno de su vida, excepto todo lo que tenía que ver con su hija; por eso las últimas palabras que se le recuerdan son: “si tuviera que volver a vivir todo lo que había vivido, preferiría no volver a hacerlo”, y diciendo esto, resbaló y cayó al suelo. La persiana todavía no estaba arreglada. El único testigo, un repartidor de pizzas que pasaba por allí. Si fue un accidente o se suicidó nunca se sabrá.
                       

           


GUILLERMO BARROSO SANZ
PERO TÚ TE AUSENTAS

Para olvidarte de todos mis fallos
Te propones ausentarte de mi amor.
Si tú quisieras, me contarías tus proyectos
Y yo intentaría
Indicarte el camino de salida.
Pero tú te ausentas
Y no vuelves a mi lado.
Es inútil encender una luz sobre la puerta,
Las señales luminosas que te envío
Te alejan cada vez más.
Pero tú te ausentas.
Me iré,
Podrás negociar en tus sueños tus proyectos,
Tu futuro.
Te he dejado una nota
Escrita con la sangre
Que brota de mi corazón.
Pero tú te ausentas.
Si un día quisieras regresar
Yo estaría esperando
Tus manos en las mías,
El reflejo de mis ojos en los tuyos.
Pero tú te ausentas.
Si te vas,
Cuídate,
El dolor deja huellas imborrables,
Por eso mi pensamiento es tan triste…
Pero tú te ausentas.



YÉSICA ALEJANDRA RÍOS VILLARTA
SIN TÍTULO
Me hallé en una cárcel cuyas rejas y paredes no me dejaron
Trascender ni participar en los ruidos del mundo. Estuve
Desnuda, vencida y derrotada por el mundo. Erré caminos y
Me enredé, perdí el tren y su tique de metro.

¡Mi diario vivir era muy pobre! ¡No lo culpo! Pues de
Las puertas de mi propia vida extravié las llaves.

Dejé un pie, desperdicié la voz que se lleva el aire,
Deterioré el tiempo y vi transformarse todo en senilidad.





20 de mayo de 2013

Narraciones "extraordinarias"



Se reproducen a continuación dos relatos basados en esquemas de la narrativa norteamericana de los siglos XIX-XX. El primero, obra de Julia, con el que ganó el Premio Emiliano BArral-2013, sigue el esquema del cuento de terror, en reconocimiento del maestro E. Allan Poe. El segundo, de Aitor, incluye un esquema de narrador testigo y una ambientación más próxima a los de la Generación Perdida.
 
JULIA CONCEPCIÓN: 
LA MENTE DIVIDIDA
Homenaje a Edgar Allan Poe.


Paréceme mentira que, tras tantos logros y glorias que son de mi merecimiento, aquí me halle, corriendo como un cobarde. Confundo el sentir de mi corazón acelerado con las arcadas que cruelmente se abren paso por mi lastimada garganta. Tantos gritos, para que nadie los oiga...
Veo como primer menester explicaros el motivo de mi desafortunado destino, pues si yo ahora os contara sin dilación la situación en que me encuentro, no dudo de que una sonrisa de desprecio se trazaría en vuestros labios, y de las sonrisas de desprecio, créanme, ya estoy bastante harto.
Y como he dicho, para que os sea posible comprenderme y entender esta, mi magnífica historia, y no tomarme por loco cualquiera, pues cualquier cuerdo envidiaría la cordura de que dispongo, empezaré por el principio...
Nací del vientre de la mujer más bella que vuestros ojos jamás tuvieron el placer de contemplar; de esas mujeres que saben ser a su vez recatadas y atrayentes, sutiles y llamativas, de esos tesoros del género opuesto que conocen y manejan a la perfección las debilidades de los hombres, y siendo conscientes y partícipes de su maestría, se hacen objeto de ellas. Mi madre trabajaba en el teatro más prestigioso de Nueva York, y allí, en un piso de la calle cercana al fabuloso local – que las gentes del momento visitaban, al menos, aquellas que entendieren correctamente los requisitos para el éxito social – fue donde me dio a luz y donde yo me crié toda mi vida.
Mi padre era un humilde dramaturgo de talento tan pequeño y tan escaso como su sentido común. Su única dote poseedora de la importancia de mencionarla y merecedora de que las vuestras, cansadas pupilas, la recorran por encima, era la sensibilidad, nada más y nada menos, e incluso esta pequeña dote suya era motivo de burlas entre los círculos del verdadero refinamiento, el verdadero temple y la verdadera elegancia. Porque díganme ustedes qué excusa se mantiene ante las lágrimas mudas de un hombre melancólico, si es que éste ha cometido la desfachatez de llorar en público.
El contexto en el cual mis padres se enamoraron, si es que así lo hicieron, carece de importancia: En primer lugar, porque mi persona no es protagonista de tal historia, en segundo lugar, porque mi pobre madre murió cuando yo contaba con tres primaveras, y nunca fui testigo de las señales de esta aventura romántica.
Mi padre me crió como buenamente podía, que no era mucho, dado su humilde salario de actor de tercera. Afortunadamente, heredé la belleza, la creatividad y la inteligencia de mi madre... Y por desgracia, la sensibilidad del imbécil de mi padre.
Mis cercanos siempre fueron sinceros conmigo; o al menos así me lo parece, ya que soy nefasto a la hora de identificar las mentiras y las falsedades, tanto es así, que hasta las muestras más descaradas de hipocresía me son ocultas, invisibles como las noches de luna nueva; y debido a sus palabras y concienzudas advertencias, soy consciente de que soy demasiado agraciado, demasiado gentil y demasiado brillante. Prueba de ello son los numerosos calvarios a los que en el colegio fui sometido, desde una edad muy temprana, cuando el jugo de mi cerebro era aún una esponja...
Madre mía, aún enrojezco al recordar tales humillaciones, tales insultos... ¡Cuántas fueron las burlas que me profesaron, y cuántas las que yo aguanté! Espero que comprendan ustedes, pues así les creo de justos y sagaces, que por mucho que se estire la paciencia, ésta no es interminable. Siendo de esto conscientes, no es de extrañar que mi maltratada mente un día no pudiera más, y a la edad de catorce años, golpeara yo a uno de mis más antiguos enemigos. No me arrepiento de una sola de las patadas, ni de las costillas que le rompí. El zascandil en cuestión fue ingresado y trasladado de internado y nunca más volvió a molestarme.
Nunca me fue agradable excesivamente la compañía ajena, mi padre acostumbraba a acusarme de ser un joven raro e introvertido por ello, pero es de mi conocimiento el hecho y el dicho que todos ustedes conocen de “mejor solo que mal acompañado”, y como buen hombre que soy, yo siempre cumplo mis principios. A la edad de quince años, sin embargo, en el internado de mi infierno, una tarde en que me hallaba castigado en una de las aulas, cometí un acto que hizo disparar las alarmas sobre mi persona y propició aún más las represalias del imbécil de mi padre. El motivo de aquello fue que, aquel día, harto y cansado de la rutina, y viendo por la ventana a las personas que tantas veces habíanme hecho desprecios, y por tantos años, en vez de ofrecerme el compañerismo que debieron mostrar, en fin, se me ocurrió lanzarles mi almuerzo desde el piso, cartera incluida, con la intención de atinarles en el seso, y suplir con ello mis deseos de venganza y mi furia contenida por aquel injusto castigo. El lanzamiento erró su objetivo – por desgracia, ya que a aquella altura podría haberles provocado una buena herida – y yo fui expulsado definitivamente.
El imbécil de mi padre decidió por aquel entonces visitar a un psiquiatra – por si ustedes no conocen la palabra, se trata de uno de esos ineptos oficios en que un hombre con bata trata de adivinar sus pensamientos – cuyo veredicto no fue relevante, y si así lo hubiese sido, no se merecería otra cosa tal que mi indiferencia, dado que no hay nadie mejor que uno mismo para conocerse y juzgarse. Lo único que se atrevió a decir aquel inútil fue que yo podía ser uno de aquellos graves y no demasiado escasos casos de algo cuyo nombre no recuerdo, pero que significaba “mente dividida”. Puestos esta atención y este control sobre mi persona, agobiáronme, y mi brillante e inteligente mente, que nunca me falla, respondió con una alerta aún mayor, si cabe, a la que antes ponía hacia los comentarios que las compañías susurraban en mi presencia y hacia las miradas que me dirigían. Me tomaban por loco. Tal era la angustia y la intranquilidad, que empezó a parecerme que los ruidos agudos eran más fuertes que los graves, que el color rojo comenzaba a elevarse sobre los demás colores y a brillar mucho más que ellos... Era la señal de las risas contra mí y de las heridas que ansiaban proferirme, respectivamente. Todos querían hacerme daño, encerrarme en un manicomio, para desquitarse de mí. Me envidiaban. Envidiaban mi sensibilidad, mi inteligencia y mi belleza. Tanto era así, que, años después, cuando no había aparecido señal nueva alguna de locura, puesto que no había locura, no dudaron en empezar a seguirme por la calle, a vigilarme mientras dormía – y por eso yo escondía un cuchillo bajo la almohada y me tendía aferrado a él, y por eso sobreviví – y a extender rumores sobre mi purísima persona, de tal modo que no podía poner yo pie en un parque sin que todos los que allí vagasen se volvieran y, con infinito desprecio, murmuraran.
Solo podía soportar mi existencia en tal situación, como ustedes mismos comprenderán, con mi única presencia como compañía, y por ello, comencé a hablar conmigo mismo, al principio en voz alta, más tarde, solo en mi mente, temeroso de que alguien pegara el oído a la puerta y espiara. Pero pronto me cansé de hablar yo solo, así soy de exigente y perfeccionista, y decidí hablar conmigo mismo varias veces al mismo tiempo. Mi preferido era el diálogo de voces entre la mujer y el hombre de tono agudo, porque siempre discutían entre ellas, y yo las escuchaba y me reía en silencio, pensando en lo necias que eran las voces de mi cabeza. A veces no callaban ni para dejarme dormir, porque habían dejado algún asunto a medio terminar, y yo esperaba pacientemente...
  • El gato muere, el gato muere de peste, el gato, pintar al óleo...
  • Tienes que gritar, grita, sombra, esquina...
El imbécil de mi padre no quiso volver a meterme en colegio alguno, y muchos fueron los días en que no era de mi menester otro asunto que las necesidades naturales del hombre, si bien yo hallaba muchas razones para mi divertimento. Sucediéronse más visitas de aquellos profesionales con bata, ya que ante la ausencia de mal en mis sesos, mayor eran los esfuerzos que se hacían para encontrarlo. Porque, claro está, lo que no es, no puede buscarse. Pero esta norma básica no la alcanzaban las aptitudes de mi padre, y así pasaba yo la rutina. Numerosas tardes fueron en las que mi única actividad era sentarme y mirar a la pared. Como con las voces, pronto mi inteligente mente comenzó a crearme compañía, y así se me aparecían viandantes, recreaciones de gente que había visto yo vagar cuando aún me estar permitido salir a la calle. Claro, que yo soy educado, y no podía evitar levantarme y ofrecerles otra silla gentilmente, y atender a su conversación y responder, y contarles mis asuntos. Ante esto, mi padre volvió a alarmarse, claro que no comprendía que yo era consciente de que todo aquello era pura fantasía...
Lo que no se trataba de pura fantasía fueron los intentos de agredir a mi persona. Si bien por aquel entonces seguía durmiendo aferrado a mi daga, como si con ella aferrara la escasa seguridad que aún me aguardaba en aquella prisión, esto dejó de bastar, ya que muchas veces mi padre contrató, pagando con sucio dinero, a asesinos que se encargaran de lidiar de una vez por todas con el estorbo que era yo, y puesto que era imposible relacionar desvarío alguno con mi brillante pensamiento, una excusa para enviarme lejos, decidieron enviarme nada más y nada menos que al otro mundo. Ante esto, yo no me dejé engañar, y una a una fui esquivando las mentiras que atentaban contra mi existencia. Y es que los veía escondidos detrás de las cortinas, descalzos, seguramente para no emitir sonido que mis sentidos fueran capaces de captar, con la sangre reseca entre sus dedos apretados, prueba de otros homicidios, y yo seguía sus pasos con la mirada atenta y las pupilas fijas en sus ennegrecidas uñas, sin perderlos un segundo de vista, hasta que el sol caía y yo me retiraba a mi cuarto y a mi daga.
Llegó el día en que por última vez recibí las visitas. Aconteció que en esta ocasión el hombre con bata portaba un maletín de cuero, y venía con un acompañante, y entre ambos y sin misericordia humana alguna, trataron de embutirme una de esas pesadas camisas blancas llenas de correas y de nudos. Como ustedes comprenderán, alarmado por la situación, que se me antojaba peor que el que me enterraran vivo, o me quemaran, o me metieran en un agujero lleno de hormigas carnívoras, lloriqueé, pataleé, chillé, y finalmente golpeé a uno de los hombres, que cayó al suelo con la nariz donde solo debería hallarse la frente. Presuroso, su acompañante corrió en su socorro, y yo aproveché y escapé.

Y aquí me hallo, señores, ya es medianoche, y sigo corriendo. Las calles se me alargan en líneas infinitas, equidistantes, las casas se me deforman, y de cada una de sus ventanas, emanan negros tentáculos. Si alguien se cruzó conmigo, no tuvo el coraje de detenerme. Pero soy consciente de que me vigilan, de que detrás de cada esquina, me esperan. Me lo advierten las voces de mi cabeza, que ahora también me insultan, porque correr es de cobardes. Espero que comprendan el por qué de mi cordura. Soy víctima de una conspiración contra mi persona. Y por mucho que corra, ya no me queda escapatoria.




 Aitor Santiago:  -Las cosquillas del diablo.



    Por aquel tiempo yo estaba casi terminando el curso y me faltaban dos años para que yo me fuera a la Universidad. Como he dicho antes, cuando terminaba el colegio, me iba corriendo a ayudar a mi padre que tenía la cija  en la otra punta  del pueblo, donde teníamos la casa. Por aquel entonces lo que más me llamaba la atención, era la casa de la que llamaban la bruja, era una de esas mujeres que no tenían marido, que vivía marginada del resto de las gentes del pueblo y se la reconocía como tal y nuestra casa, para colmo, era la más cercana a la suya, su casa era pequeña, heredada de su padre, de quien se sabía menos que de ella, más rural de lo normal, las paredes hechas con grandes piedras y el tejado hecho con paja. Mi hermano decía que era bruja y mi padre siempre le echaba la bronca para que no me metiera miedo, aunque más tarde supe que mi padre también la tomaba por una bruja y mi hermano me contó que tenía una risa singular y que cuando reía por la noche es que el diablo la hacía cosquillas. Hasta que un día, y esto  lo oí de los mayores, la hija del alcalde, que le gustaba estar en el pajar con muchos de los amigos de mi hermano, incluso con mi hermano, algo que no entendía, porque, ¿de qué iban a hablar, si ella nunca trabaja en el campo ni con los animales?, frecuentaba  mucho a la bruja, porque decía que tenía problemas para dormir.

               El caso es que Ramón, uno de los mejores amigos de mi hermano, no había ido nunca a hablar con la hija del alcalde al pajar, esto se lo oí a mi hermano y a Ramón desde la ventana